En español, la palabra soledad suele sonar negativa, pero se distinguen dos formas muy diferentes de vivirla, utilizando terminología inglesa:
Comprender esta diferencia es clave para relacionarnos de otro modo con nuestra experiencia.
La soledad negativa es una sensación de aislamiento, de falta, de «no tener a nadie con quien contar». A veces es clara: no hay redes de apoyo. Otras, es mucho más amarga: sentirse solo incluso estando acompañado cuando se percibe que los demás no nos quieren o no nos entienden. Esta forma de soledad favorece la depresión y el malestar psicológico. Durante la pandemia, se volvió especialmente visible en personas mayores.
La soledad positiva, en cambio, es un estado deseable, descrito como «un estado constructivo de compromiso con uno mismo». No depende tanto de estar físicamente solo como de la actitud interior:
Esta forma de soledad positiva suele desarrollarse a medida que maduramos emocionalmente. No es algo que se fuerce, sino una consecuencia de habernos ido conociendo y aceptando.
Aunque la soledad positiva sea importante, también lo es construir relaciones significativas, personas en las que sintamos que podemos confiar y que estarán ahí cuando las necesitemos. Esta «red social» actúa como un gran protector frente al malestar psicológico.
Sin embargo, por muy buena que sea nuestra red, hay momentos clave que solo vivimos nosotros:
Podemos pedir consejo, podemos compartir, pero al final somos quienes decidimos y quienes asumimos las consecuencias. Para esos momentos, se propone un recurso interior muy específico: la figura de apego interna.
Cuando somos niños, ante una situación adversa, la reacción más habitual es mirar a los padres y observar su respuesta. Son nuestro modelo de seguridad. De adultos, podemos seguir necesitando algo parecido, pero ya no como figura externa, sino como presencia interior.
Aquí aparece la figura de apego interna, que se entiende como una «figura de referencia» para momentos difíciles:
Puede tomar distintas formas:
Si no hay ninguna figura clara, se invita a crearla conscientemente.
Desarrollar esta figura requiere tiempo y cierta imaginación. Se propone un ejercicio estructurado:
Esta figura está muy vinculada a la «mejor versión de uno mismo», a nuestro yo ideal. En muchas tradiciones espirituales y psicoterapéuticas aparece algún tipo de maestro o guía interno con esta función: mitigar la sensación profunda de soledad y conectarnos con algo más amplio que nosotros mismos.
Incluso con una buena red de apoyo y con figura de apego, seguiremos viviendo la impermanencia: personas que se van, etapas que terminan, cambios que no podemos controlar. El trabajo interior consiste en:
Así, la soledad deja de ser solo un vacío que asusta y se convierte en un espacio en el que podemos escucharnos, comprender mejor nuestro sufrimiento y conectar con el sentido de nuestra vida.
Para cerrar, se presenta una historia breve de la tradición japonesa. Un discípulo pregunta a un reputado maestro de artes marciales cuánto tiempo necesitará para ser tan buen maestro como él. El diálogo es conocido:
La enseñanza es directa:
«No se puede forzar la naturaleza de las cosas, todo requiere un tiempo. Cuanto más desesperadamente busques algo… más huirá de ti. No puedes conseguir que una planta madure antes de que sea su hora».
En una época marcada por la inmediatez y la impaciencia, este relato recuerda que los procesos humanos profundos —como aprender a aceptar la vejez, elaborar duelos, transformar la soledad o desarrollar una figura de apego— necesitan tiempo. No pueden acelerarse por la pura voluntad.
En conjunto, se plantea un camino que combina tres ejes:
Nada de esto elimina el dolor, pero sí puede reducir el sufrimiento añadido que surge de la resistencia, la negación y la prisa por cambiarlo todo de golpe. La propuesta es avanzar paso a paso, con una cierta «tristeza serena» y con la confianza de que, si se sostiene el trabajo interior, es posible vivir de forma más lúcida y compasiva dentro del cambio constante.
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