January 23, 2026

La muerte de los otros: duelo, memoria e impermanencia en la vida cotidiana

La muerte suele llegar primero como una idea: algo que les ocurre a otros, en un futuro difuso. Pero hay momentos en los que deja de ser una abstracción y se vuelve una experiencia física, emocional y moral. A veces ocurre en la infancia, cuando un episodio grave cambia la forma de mirar el mundo. A veces ocurre más tarde, cuando ya tenemos una vida organizada y, aun así, algo se recoloca por dentro. En ambos casos, la muerte no solo habla del final: habla de cómo vivimos mientras estamos aquí.

Cuando la impermanencia entra en casa

Hay un aprendizaje que no se adquiere por razonamiento, sino por impacto. Con ocho años, vivir la posibilidad real de perder a la madre —despedirse en familia, esperar noticias durante días en una unidad de cuidados intensivos— no es solo un susto: es una iniciación involuntaria en la impermanencia. Se instala una certeza que, aunque pueda doler, también puede ordenar la existencia: nada está garantizado.

Ese tipo de experiencia deja una huella particular. No necesariamente convierte a la vida en un lugar hostil; a veces hace lo contrario: la vuelve más verdadera. Y en esa verdad suele aparecer una pregunta silenciosa que acompañará durante años: si todo cambia y todo pasa, ¿cómo quiero relacionarme con lo que amo, con lo que pierdo, con lo que no controlo?

La literatura, en ciertos momentos, nombra con precisión lo que la mente todavía no sabe formular. Por eso resuena un verso como refugio y como brújula: «… y aunque la vida perdió, dejonos harto consuelo su memoria.» No es un consuelo superficial; apunta a algo más sobrio: cuando ya no podemos retener a nadie, queda el vínculo en forma de memoria, y esa memoria puede ser sostén, no lastre.

El día en que el protocolo protege… y revela

Cuando la muerte sucede, incluso los detalles “técnicos” tienen significado humano. En 1997 —«en 1997 no había móviles»— una llamada puede abrir una escena completa: el aviso desde un hospital comarcal, la indicación de acudir “toda la familia”, la ausencia de preguntas porque el cuerpo ya sabe lo que la voz no dice. En medicina existe un protocolo: si la familia está lejos y debe desplazarse, se evita confirmar el fallecimiento por teléfono para disminuir el riesgo de accidentes in itinere. Ese cuidado práctico convive con la crudeza emocional de lo inevitable.

La negación aparece entonces como mecanismo casi automático. Un hermano puede aferrarse a la idea de que “si hubiera muerto ya nos lo habrían dicho”. No es ignorancia: es defensa. La negación, en dosis breves, amortigua el golpe. El problema es cuando se convierte en una forma de vivir el duelo.

Entrar a despedirse de un cadáver también enseña, aunque incomode. El cuerpo frío —«extraordinariamente frío» tras horas en cámara frigorífica—, la extraña quietud del rostro, incluso una «semisonrisa» que recuerda a la de un meditador. Hay una observación que corta cualquier idealización: «tras la muerte ya no hay ninguna tensión en la cara.» En pocas palabras se describe una realidad corporal que, paradójicamente, puede traer calma: el esfuerzo terminó.

En ese momento, llorar o no llorar no mide el amor. El llanto no es un indicador moral. Puede haber lágrimas y no haber aceptación; puede haber silencio y una comprensión profunda. Se menciona una frase sencilla que suele ser cierta: «La gente suele morir como ha vivido.» No como destino rígido, sino como reflejo de un tono vital: una vida espiritual intensa, una práctica sostenida, una manera de estar en el mundo que, al final, se expresa también en el modo de irse.

Tres llantos que ordenan el duelo

El duelo no es solo tristeza. Es una reorganización interna: de roles, de expectativas, de identidad. En ese contexto, resulta especialmente clara una enseñanza atribuida a Thich Nhat Hanh: ante la muerte de un ser querido “tenemos que llorar tres veces”. Y cada llanto cumple una función distinta.

El primer llanto es por la persona muerta: por su historia, su memoria, lo que representó. Aquí el dolor es amor sin objeto presente. No hay que “resolverlo” rápido: es un reconocimiento de que ese vínculo existió y fue significativo.

El segundo llanto es por nosotros: porque el mundo se vuelve un poco más grande y más vacío. La pérdida no solo es del otro; es la pérdida de una forma de estar acompañados. Se describe con una frase directa: nos quedamos «un poco más solos y desamparados». Nombrarlo evita una trampa frecuente: creer que sentir el propio desamparo es egoísmo. En realidad es honestidad.

El tercer llanto es por el mundo: esa muerte nos recuerda que el sufrimiento atraviesa a todos los seres vivos. El duelo individual se abre entonces a una dimensión ética. No se trata de dramatizarlo, sino de comprender que perder no es una excepción personal: es condición humana. Y cuando esa comprensión es completa, puede aparecer algo que a veces sorprende: la sonrisa. No como alegría impostada, sino como asentimiento a la vida tal como es.

Después de llorar “lo que necesitamos”, se plantea una consecuencia natural: agradecer estar vivos y comprometerse a reducir el sufrimiento de la sociedad, “a ayudar a que sea un lugar mejor”. Aquí aparece una imagen potente: «comprendemos que somos Quirones», y que nuestra herida —«sentirnos separados del mundo»— solo se alivia ayudando a que el mundo vaya mejor. No es un eslogan: es una lógica psicológica. Cuando la vida nos recuerda lo vulnerable, el narcisismo pierde fuerza y se vuelve más fácil orientar la energía hacia lo que importa.

La memoria como consuelo (y como práctica)

Volvemos al verso: «dejonos harto consuelo su memoria.» La memoria no es solo nostalgia. Bien vivida, es una presencia interior que acompaña decisiones, transiciones y momentos importantes. Se afirma sin ambigüedad: «el recuerdo de mis padres me ha acompañado en todos los momentos importantes, siendo una causa fundamental de bienestar.» Esto cambia el enfoque del duelo: no es “olvidar para seguir”, sino recordar sin quedar atrapados.

En un duelo sano, la persona amada sigue presente como referencia afectiva, pero ya no impide vivir. Se honra lo vivido, se acepta lo perdido, y se continúa. La impermanencia no se vuelve cinismo; se vuelve lucidez. Y esa lucidez, cuando se integra, puede traer una forma particular de serenidad: la que no nace de que todo vaya bien, sino de saber que todo cambia, y aun así podemos amar con profundidad.

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