Hay formas de duelo que se enquistan y se convierten en una fuente de sufrimiento sostenido, con efectos que se extienden a la salud emocional, a las relaciones y a la manera de estar en el mundo. Comprender qué lo favorece —y qué lo previene— es una forma de cuidado.
Una referencia temporal orientativa: «El normal suele durar unos doce meses —por supuesto, hay gran variabilidad en este aspecto—» y, salvo los primeros días, «no impide el desarrollo de la actividad habitual». Pasado ese tiempo, uno sigue recordando y honrando, pero continúa con su vida. Es importante notar el matiz: continuar no significa cerrar una puerta; significa aprender a vivir con esa ausencia sin que ocupe todo el espacio.
En cambio, el duelo patológico puede presentarse “de diferentes formas”: por durar años sin mejorar, por su intensidad incapacitante, o por la negación (“no permitirse llorar” ni mencionar al fallecido). No siempre se ve desde fuera; a veces se disfraza de fortaleza o de “estar bien”.
Se señalan tres elementos esenciales que conviene evitar para no desarrollar un duelo patológico: la ambivalencia, la sombra y no despedirse. Cada uno actúa como un nudo psicológico: retiene energía emocional que necesitaría moverse.
El caso de Carlos (44 años) permite ver con nitidez un patrón frecuente. Desde la adolescencia sostuvo una relación conflictiva con su padre, a quien percibía como “excesivamente autoritario”. En un choque de mundos —padre “tradicional”, “profundamente religioso y de derechas”, hijo con visión “antisistema”— la ruptura se consolidó: se marchó al estudiar y “para nunca más volver”. La relación con la madre se mantenía; con el padre era nula.
Cuando el padre desarrolló un cáncer terminal, la madre le pidió que se despidiera y se perdonasen. Carlos se negó a verlo antes de morir y ni siquiera acudió al entierro. Se prometió “no llorar” por él. El resultado, con el tiempo, no fue alivio sino endurecimiento: “su carácter se agria” y ya no puede asistir a funerales porque entra en un “llanto descontrolado” aunque apenas conociera al fallecido.
Aquí la paradoja es clara: la negación no elimina la emoción; la desplaza. El duelo no hecho no desaparece, se expresa de maneras indirectas, a veces desconcertantes.
La ambivalencia se formula con contundencia: «La ambivalencia, querer y odiar a una persona muy cercana, es causa segura de duelo patológico.» No se trata de negar que hubo heridas. Se trata de comprender que sostener odio hacia alguien íntimo crea una tensión interna que se vuelve culpa, y la culpa enraíza el sufrimiento - «La culpa se encuentra en la base de los duelos y las depresiones crónicas.»
Desde este enfoque, perdonar no es justificar. Es desactivar un vínculo emocional que de otro modo seguirá operando en forma de rumiación, resentimiento o tristeza congelada. La recomendación es precisa: resolver esas contradicciones y poder perdonar “en vida”. A veces la distancia física mejora la relación —“no vivir en la misma casa o en la misma ciudad”— porque reduce fricciones. Si no se resuelve, “lo más probable” es que haya que hacerlo con un terapeuta, una vez que el duelo ya se ha complicado.
Hay también una observación cultural: en Occidente tendemos a llevarnos con los padres peor que en tradiciones orientales, donde se les considera fuente de bienestar. Se sugiere que el peso cultural de ciertas psicoterapias, en las que se “acusa” a los padres de los conflictos, ha contribuido a esta deriva, aunque el fenómeno sea complejo.
La “sombra” se define como un mecanismo de proyección: «las negatividades que vemos en otros son, en parte, producto de lo que se llama la sombra.» Esto no significa que todo sea imaginación, sino que nuestra mirada no es neutra: está atravesada por miedos, contradicciones, heridas y partes no integradas.
El trabajo propuesto es exigente: aprender a focalizar en los aspectos positivos de cada persona, en “lo que ofrece al mundo”, y reforzarlo. Lo habitual, se admite, es lo contrario: centrarnos en limitaciones y debilidades. La clave es una hipótesis ética y psicológica: si algún día elimináramos contradicciones y miedos, “solo veríamos luz” en todos, y podríamos entender limitaciones “con compasión, sin criticarlas”.
En un proceso de duelo, esta perspectiva es decisiva. Cuando muere alguien con quien tuvimos roces, lo que duele no es solo la pérdida: duele la imposibilidad de reescribir la relación. La sombra aumenta el peso de lo pendiente. Y el duelo queda atrapado entre el amor y el reproche.
La despedida es uno de los actos más simples y más difíciles. Se dice que muchas personas no pueden despedirse; a veces creen hacerlo para “proteger al moribundo”, pero “casi siempre” lo hacen para protegerse a sí mismas, porque despedirse es una situación de “alta intensidad emocional”.
Sin embargo, la despedida tiene una estructura emocional concreta. Implica agradecer lo recibido y, si hubo fricciones, confirmar que no queda “ningún rencor o malestar”, que esas dificultades son normales, y que “lo perdonamos todo”. No es un ritual vacío: es una forma de cerrar el circuito afectivo para que el duelo pueda seguir su curso natural.
A continuación se reproduce una práctica guiada de reconciliación. Puede realizarse con la madre, el padre u otra persona querida con la que exista ambivalencia o sentimientos negativos.
El duelo patológico no suele nacer de “sentir demasiado”, sino de no poder sentir lo que toca sentir, o de sentirlo en un circuito bloqueado por ambivalencia, proyección y evitación. Cuando el vínculo se deja sin cerrar, la pérdida se convierte en un tema recurrente, a veces silencioso, a veces explosivo. Resolver contradicciones “en vida”, trabajar la sombra y despedirse con gratitud y claridad no garantiza ausencia de dolor, pero sí disminuye el riesgo de que el dolor se vuelva una forma de estar atrapados.
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