Hablar de la muerte propia no es un ejercicio morboso; es, en gran medida, un ejercicio de aceptación. En sociedades desarrolladas, la muerte se ha convertido en un tabú, y sin embargo es “uno de los elementos clave” cuando se trabaja la aceptación. El conflicto no es que vayamos a morir: es que vivimos como si no fuera a ocurrir, y esa negación tiene un coste psicológico.
Se mencionan estudios con una conclusión llamativa: temen menos la muerte, por un lado, quienes tienen creencias religiosas o espirituales profundas —porque sienten que “existe algo después” y eso alivia— y, por otro lado, las personas ateas —porque sienten que “no existe nada después” y eso les da seguridad. En cambio, el mayor miedo aparece cuando no hay creencias “de ningún tipo”: cuando hay incertidumbre sobre lo que ocurre tras el fallecimiento. Y se añade una idea general que encaja con mucha clínica: «La incertidumbre en cualquier tema suele asociarse a ansiedad.»
En las últimas décadas, la pérdida progresiva de creencias espirituales “ha disparado” el miedo a la muerte. Por ejemplo, en Estados Unidos, la ansiedad ante la muerte ya se considera un trastorno de elevada frecuencia en pacientes terminales. Y se menciona un hecho institucional relevante: la Food and Drug Administration aceptó el uso de la psilocibina —“una sustancia alucinógena existente en hongos usados por chamanes centroamericanos”— para el tratamiento de la ansiedad ante la muerte. Se explica el mecanismo experiencial propuesto: la “deconstrucción del yo”, la ruptura de límites corporales y la conexión con el cosmos pueden generar convicción de que “existe algo más allá” y disminuir la ansiedad.
El miedo a la muerte no es una sola cosa; suele tener piezas distintas. Se señalan tres componentes principales:
Hay una afirmación sin rodeos: «la psicología, para la mayoría de las personas, no tiene suficiente respuesta ante el miedo a la muerte, y que solo la espiritualidad puede aliviarla.» No es una descalificación de la psicología, sino una delimitación: hay preguntas —sobre el fin, el sentido, la continuidad— que muchas veces requieren un marco existencial.
Se describe una convicción personal que nace de la práctica: vivencias al meditar, sueños lúcidos y experiencias con maestros transmiten la sensación profunda de que “hay algo más allá”. Y se explica por qué suele despertarse la búsqueda espiritual:
Se añade una imagen contemporánea que explica por qué cuesta salir de ahí: la “rueda de hámster”. Siempre hay un estímulo externo que invita a seguir corriendo.
El caso de Luz concreta el tercer miedo. Tenía cincuenta y cinco años: soltera, sin hijos, artista gráfica “enamorada de su profesión”. Había sido diagnosticada de cáncer de páncreas el mes anterior; el pronóstico era de “unos seis meses de vida”. Era vitalista y divertida. No tenía creencias religiosas, pero tampoco era atea o agnóstica: simplemente no se había planteado nada sobre la muerte o la religión.
Su enfermedad la sorprende porque sentía que todavía le quedaban “muchas cosas” por hacer. No temía el sufrimiento del proceso (le aseguraron control del dolor). Tampoco sentía pena por los que abandonaba: sus padres habían muerto, era hija única y no tenía familia; sus amigos la recordarían con afecto, pero no quedarían devastados. Su miedo era otro: “la disolución del yo”, qué pasaría después. Aquí se ve con claridad lo que ocurre cuando el soporte simbólico falta: la incertidumbre no es solo intelectual, se vuelve ansiedad existencial.
Se proponen tres líneas de trabajo que, sin prometer certezas, pueden disminuir el miedo:
Se recomienda una práctica nocturna que muchas tradiciones consideran “nuclear”: morir cada día. La razón es directa: «Si uno muere cada día, relativiza todo.» Cuesta mantener odio o preocuparse por lo pequeño; aparece agradecimiento por estar vivo. Se mencionan ejemplos tradicionales: cartujos que cavan su tumba a diario y escuelas budistas que meditan en cementerios.
En un pasaje del Bhagavad Gita: Arjuna pregunta a Krishna qué es lo más extraordinario que ha visto. La respuesta es demoledora por su sencillez: «todos los días mueren millones de personas, y todos los días, los que sobreviven, siguen creyéndose inmortales.» La frase no pretende asustar; pretende describir una negación cotidiana.
Y se remata con una consecuencia lógica: “ser conscientes” de que vamos a morir haría que apreciáramos la belleza de la vida “en toda su profundidad”. En esa profundidad no desaparece el miedo por arte de magia, pero se transforma: deja de ser un enemigo difuso y se vuelve un recordatorio sobrio que reorganiza prioridades.
El arrepentimiento no suele ser por lo intentado y fallido, sino por “aquello que no intentaron”: relaciones que no iniciaron, experiencias que no probaron, palabras amorosas que no dijeron por miedo o vergüenza.
«Hoy empieza el resto de nuestra vida: aprovechémoslo, nunca sabemosel tiempo que tenemos.»
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